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Svetlana Alexiévich. Voces de Chernóbil

     Ya hace dos años que mi niño y yo vivimos en la clínica. Las niñas pequeñas, con sus batas de hospital, juegan a las muñecas. Sus muñecas cierran los ojos. Así mueren las muñecas.
     — ¿Por qué se mueren?
     — Porque son nuestros hijos y nuestros hijos no vivirán. Nacerán y se morirán.
     Mi Artiom tiene siete años, pero le echan cinco.
     El chico cierra los ojos y a mí me parece que se ha dormido. Entonces me pongo a llorar; creo que no me ve.
     Pero el niño me dice:
     — Mamá, ¿ya me estoy muriendo?
     Se duerme y casi no respira. Me coloco a su lado, de rodillas. Junto a la cama.
     — Artiom, abre los ojos. Dime algo...
     "Aún estás calentito", me digo.
     Abre los ojos y se vuelve a dormir. Y tan callado. Como si se hubiera muerto.
     — Artiom, abre los ojos...
     Yo no le dejo que se muera.

     [...]

     Yo soy pediatra. Los niños lo ven todo diferente a los mayores. Los saben todo de sí mismos: el diagnóstico, el nombre de todos los tratamientos y las medicinas. Lo saben mejor que sus madres. ¿Y sus juegos? Corren por las salas del hospital uno tras otro y gritan: "¡Soy la radiación! ¡Soy la radiación!". Cuando mueren, ponen unas caras de tanto asombro. Parecen tan perplejos.
     Yacen en sus camas con caras de tanta sorpresa.

Traducción del ruso por Ricardo San Vicente

Wolfgang Tillmans. Jochen Klein's Wardrobe





The images have a sad background, as they depict the state of my boyfriend Jochen Klein’s and my loft when I returned home alone after he died completely unexpectedly of an AIDS-related pneumonia. Not easy to express it in too touching a way. Could be left unmentioned, but on the other hand that’s what it is: the wardrobe of a dead young man.

Philip Roth. American Pastoral

To embrace your hero in his destruction, however —to let your hero's life occur within you when everything is trying to diminish him, to imagine yourself into his bad luck, to implicate yourself not in his mindless ascendancy, when he is the fixed point of your adulation, but in the bewilderment of his tragic fall— well, that's worth thinking about.