Francisco Umbral. Mortal y rosa
Hijo, un día vi un pato en el agua. Quería habértelo contado. Hacía sol, estábamos en el campo, y el pato estaba allí, al sol, en el agua. Era blanco y no muy grande ¿sabes? Nada más eso, hijo. Sé que es importante para ti. Para mí también. Te escribo, hijo, desde otra muerte que no es la tuya. Desde mi muerte. Porque lo más desolador es que ni en la muerte nos encontraremos. Cada cual se queda en su muerte, para siempre. La muerte es distancia, sólo distancia. Y sólo de mí puedes vivir ahora, de tanto como en mí habitaste, hijo. Y sólo de ti puedo vivir. Sólo está vivo de mí lo que está vivo de ti: el recuerdo. Sólo vivo, estando vivo, en lo que tú vives, estando muerto. Toda la locuacidad del mundo me habla de tu silencio. Todo el silencio del mundo habla eternamente en tu adorable locuacidad. Un ser tan oral, tan dotado de palabra, no puede callar para siempre. Tu prodigiosa capacidad de decir, de nombrar, todo lo que habrías dicho, sigue diciéndose solo, sin ti, pero toma la forma de flor de tu boca.